El arte perdido del humor: ¿Por qué el juego de palabras vacío ha conquistado la política y el discurso público?
Desde la corte renacentista hasta los gurús del crecimiento personal, un análisis sobre la evolución de la ‘facecia’ y cómo la ‘paronomasia’ barata se ha convertido en el recurso estrella de predicadores modernos y políticos, en detrimento del ingenio genuino.
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- 3 de mayo del 2026
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En una cena de gala en Oxford, un colega mexicano reveló la clave de un enigma lingüístico: la palabra ‘faceto’, que en el español de América describe al gracioso fallido, al que intenta ser ingenioso sin éxito. Este término, heredado del latín renacentista y que en Europa quedó confinado a la aristocracia, encontró en América una evolución despectiva que retrata a la perfección el peligro del humor mal administrado.
**El doble filo de la gracia.** El Renacimiento perfiló al ‘vir facetus’ como el hombre de conversación civil, capaz de deslizar facecias con la mesura justa. Sin embargo, la historia demuestra que la línea entre la agudeza y la fatiga es muy delgada. Si la ‘facecia’ se desmanda, el resultado es el ‘faceto’ que hoy criticamos. El remedio para este peligro, según la tradición, ha sido el juego de palabras, la paronomasia, que la literatura española adoptó con pasión. Desde Nebrija (“No es orador sino arador”) hasta Lope de Vega y Tirso de Molina, la combinación de vocablos con sonidos vecinos pero significados opuestos se convirtió en el arma dialéctica por excelencia del Barroco.
**La paronomasia: de la agudeza a la divisa vacía.** El recurso se prestigió, pero también se prostituyó. Los predicadores barrocos, en su afán por parecer ingeniosos, lo usaron con denuedo hasta vaciarlo de contenido. Hoy, ese mismo eco se escucha en los discursos de los gurús del crecimiento personal, con frases hechas como “si lo crees, lo creas” o “o aportas o apartas”. Son la caricatura del verdadero ingenio, la gimnasia de sílabas de un faceto perezoso que pretende aleccionar sin profundidad. Y, como era de esperar, la política ha copiado este modelo, haciendo suyo el peor modo dialéctico de los vendedores de humo de las redes sociales.
**El triunfo del juego de palabras involuntario.** Frente a esta tendencia, emerge el valor del humor sin pretensiones, el del lapsus y la imprecisión. En el reciente juicio en Madrid sobre la trama corrupta que afecta a un exministro, un testigo cometió un desliz que resultó ser más elocuente que cualquier análisis sesudo. Al referirse al ‘after ego’ del ministro, en lugar del clásico ‘alter ego’, se generó un juego de palabras involuntario que concentra toda la esencia de la corrupción: la mezcla de lo nocturno, lo etílico y lo fraudulento. En un contexto que invita al llanto, esta involuntaria ocurrencia fue el único elemento con verdadera gracia.