La integración de la inteligencia artificial en la vida cotidiana está transformando sectores clave como la educación y el empleo. En las aulas, herramientas como ChatGPT y otros modelos de lenguaje están siendo utilizados por estudiantes para realizar tareas, lo que ha llevado a instituciones educativas a replantear sus métodos de evaluación y a enfatizar el desarrollo del pensamiento crítico. Paralelamente, en el ámbito laboral, la automatización de procesos mediante IA está creando nuevas oportunidades, pero también genera incertidumbre sobre el futuro de ciertas profesiones. Este rápido avance tecnológico ha puesto sobre la mesa la necesidad urgente de una regulación ética. Expertos advierten sobre los riesgos asociados a la desinformación, los sesgos algorítmicos y la privacidad de los datos. La Unión Europea, con su Ley de Inteligencia Artificial, se posiciona como pionera en establecer un marco normativo que busca equilibrar la innovación con la protección de los derechos fundamentales. La ciberseguridad se ha convertido en otro frente crítico, ya que las mismas herramientas que optimizan procesos pueden ser utilizadas para crear amenazas digitales más sofisticadas. Además, la creciente demanda de energía por parte de los centros de datos que entrenan estos modelos plantea serios interrogantes sobre su sostenibilidad ambiental a largo plazo. En este contexto, la adaptación y la formación continua emergen como pilares fundamentales. Gobiernos, empresas y sistemas educativos enfrentan el desafío de preparar a la ciudadanía para un futuro donde la colaboración entre humanos y máquinas será la norma, garantizando una transición justa e inclusiva.